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Sociedad Mexicana de Análisis Existencial
y Logoterapia S.C. SMAEL
Descubrir un sentido, aspirar a un ideal

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Vida y trabajo de
Viktor E. Frankl

Viktor Frankl cuenta en su libro: "Un Psicólogo en el Campo de Concentración", y después es editado en español como "El Hombre en busca de Sentido" (1955-FCE) … ‘nosotros los que vivíamos en los campos de concentración podemos recordar a los hombres que recorrían barracas reconfortando a los demás regalando sus últimos pedazos de pan. Pueden haber sido pocos en número... pero son suficiente prueba de que se le puede sacar todo a un hombre excepto una cosa: la ultima de sus libertades, elegir su actitud en cualquier conjunto de circunstancias dadas, elegir su propio camino.’ el pan no sólo había traído la supervivencia sino también la esperanza y la libertad interior. Es difícil imaginar peores circunstancias que las del prisionero de los campos de concentración: privado de su libertad, sujeto a las mayores humillaciones como ser humano, frente a la amenaza constante de perder la vida... el sufrimiento es la constante de una existencia como la de él. En esas condiciones adversas extremas le da forma a su teoría de la Logoterapia, la terapia de la búsqueda del sentido.

1905-1942. Neurología y Psiquiatría

1905. Nacimiento
Segundo de tres hermanos, (Walter y Estela), Viktor creció en un ambiente familiar lleno de tradiciones y calor humano.

Sus padres, judíos, transmitían a sus hijos sus creencias y costumbres religiosas.

Desde muy pequeño mostró una gran inteligencia y sensibilidad. En su autobiografía relata cómo a la edad de cuatro años se despertó una noche sobresaltado con la idea de que él algún día tendría que morir. A partir de ese momento empezó a preguntarse acerca del sentido de la vida y a interesarse en cuestiones filosóficas.

Vivió las dos guerras mundiales. Los estragos de la primera, lo hicieron crecer en la escasez económica. A los once años de edad tenía que formarse a las tres de la mañana en las filas del mercado para conseguir el poco alimento disponible, su madre lo alcanzaba a las siete para que él pudiera llegar a la escuela.

A diferencia de sus hermanos, Víktor fue siempre un alumno que destacaba de la mayoría.

Como estudiante adolescente discutía temas filosóficos con Martin Heidegger y Karl Jaspers. Para Frankl la filosofía es una parte muy importante en la vida de todo ser humano, por lo tanto, nunca puede desligarse de la actividad psicoterapéutica.

Muy joven descubrió que su camino estaba en el mundo de la medicina. Ingresó a la facultad de medicina de la Universidad de Viena y se especializó en neurología y psiquiatría.

En ese tiempo empezó a estudiar los conceptos psicoanalíticos. Sigmund Freud era maestro de la Universidad y contaba con un gran prestigio y reconocimiento en el ambiente médico e intelectual. Sin embargo Frankl no estaba de acuerdo con la postura determinista de Freud ni con su visión reduccionista del hombre y le discutía -por correspondencia- con convicción a pesar de tener apenas 18 años. Freud respondía cada una de sus cartas y lo invitó a publicar su primer artículo en la Revista Internacional de Psicoanálisis.

1923. Psicoanálisis
Inicia junto con sus maestros Rudolf Allers y Oswald Schwartz centros de consulta para atender a los jóvenes afectados por los efectos de la primera guerra mundial: desempleo, falta de oportunidades, cuadros depresivos, intentos de suicidio… La iniciativa del joven médico fue bien recibida en otras ciudades europeas como Praga, Zurich, Berlin y Frankfurt.

La riqueza humanística y científica de esos años, motivaron a Frankl para escribir un trabajo en torno a las relaciones entre la psicoterapia y la filosofía existencial que entonces se cultivaba en Europa. En él señala la necesidad de incorporar en la terapéutica los aspectos de corte existencial y filosófico que están presentes en el horizonte del paciente.

Al graduarse Frankl se unió al grupo de Alfred Adler quien fundó la segunda escuela de psicoterapia vienesa –psicología individual- partiendo de los conceptos psicoanalíticos pero tomando en cuenta los aspectos sociales que intervienen en el desarrollo de la personalidad. Para Adler el ser humano está motivado por la búsqueda de poder movido por un complejo de inferioridad. Frankl no coincidía en que esa fuera la principal motivación del hombre y siguiendo como siempre su propio camino fundó la tercera escuela de psicoterapia vienesa a la que llamó Logoterapia.

1936. Neurología y Psiquiatría
Es nombrado director de neuropsiquiatría del Rotschildspital de la ciudad de Viena. Como neurocirujano realizaba operaciones de cerebro y como psiquiatra atendía todo tipo de patologías, mas por las circunstancias que se vivían en esa época, se ocupaba de miles de casos de depresión e intentos de suicidio.

Prosiguiendo con los estudios, Frankl consigue el título de medicina en 1930, y bajo la guía del Prof. O. Pötzl, ejerció la actividad médica en el departamento de neurología de la Clínica de la Universidad. Pasó después a la clínica psiquiátrica de Steinhof, en las afueras de Viena donde entró en contacto con más casos de neurosis, fobias y obsesiones. En 1936 obtuvo la especialización en neurología y psiquiatría, y desde 1940 dirigió la sección neurológica del Rothschildspital, reservado a pacientes judíos1.

1938. Preguerra
La anexión de Austria por los nazis (1938) corta violentamente la carrera y la vida familiar de Frankl.

La historia ha sido narrada muchas veces: “desde 1941 poseía una visa para poder radicarme en los Estados Unidos. Era libre para marcharme, desarrollar y defender mi teoría. Mis padres estaban contentísimos y compartían conmigo la alegría de verme a salvo en el extranjero.

Sin embargo, no me decidía a usar el deseado pasaporte, pues sabía que al poco tiempo de marcharme mis ancianos padres serían deportados a cualquier campo de concentración. La duda me corroía”.

1941. Matrimonio Emmy
Víctor decide casarse con Emmy Grosser, a quien llamaba "Tilly".. La decisión de casarse es compartida por ambos en medio del clima de tensión y persecusión que se vivía por entonces, finales de 1941 e inicios de 1942. Tilly y Víctor mantenían una relación desde hacía ya un tiempo y si bien el matrimonio duró muy pocos meses, bien podría decirse que duró para siempre.

Si bien fue breve el período que estuvieron juntos, Tilly quedó embarazada, pero las circunstancias reinantes hicieron imposible que ese embarazo fuera viable. "Luego de nuestro casamiento en diciembre de 1941, mi esposa Tilly quedó embarazada. Pero la Gestapo no autorizaba a ninguna mujer judía a seguir adelante con su embarazo. Ella fue enviada inmediatamente al campo de concentración. Allí fue forzada a abortar. Fue así que, sabiendo de ese paso inevitable, decidimos dar a la criatura el nombre de Harry o Marión". 2-3

La Gestapo apresa, finalmente, a la familia Frankl. Gabriel, Elsa, Tilly y Víctor fueron confinados en campos de concentración. A partir de ese momento comienza lo que el propio Frankl dio en llamar el experimentum crucis, su experiencia de la cruz, aquella que lo llevó por distintos campos de concentración como el número 119.104. Porque en esa historia no era ni el médico, ni el psicólogo, ni siquiera el hombre sino solo un número más; como los otros, como todos, Víktor pasó a formar parte de un mundo en el cual la dimensión humana era extraviada, la condición humana era anulada. Todos eran solo números. En la pretensión por conservar un vínculo con su humanidad, con su historia, con su propia identidad, intenta conservar un manuscrito que estaba escribiendo y que sintetizaba su experiencia clínica, una condecoración al mérito que había obtenido en su asociación de alpinismo y una pieza de mármol de una sinagoga de Jerusalem que había comprado hacía ya bastante tiempo y que tendría tal vez unos 2000 años. Pero todo le es quitado, nada le es permitido conservar que le recuerde que es un hombre.

En principio son trasladados a la escuela Kleine Sperglasse 2-C tanto Víktor como sus padres y Tilly, para ser llevados posteriormente a un pueblo al norte de Praga llamado Theresienstadt, ("Terezín" en checo). En ese mismo pueblo se había establecido un ghetto entre 1941 y 1945 en el cual confinaban a los judíos deportados de prácticamente toda la Europa central. Es así que llegó a albergar a aproximadamente unos 150.000 judíos. En principio se planteó como un asentamiento modelo de familias judías, pero terminó siendo el atajo para llegar más rápidamente a Auschwitz y allí ser exterminados.4

1 Fizzotti E.. DE FREUD A FRANKL: El nacimiento de la logoterapia Ediciones Lag, México 2005
2 Citado por ETCHEVERRY, Juan A., "Víktor Frankl y la Logoterapia", Edit.Almagesto, Buenos Aires, 1990, pág.27.
3 En la obra de Frankl "Psicoterapia y Humanismo", Fdo.de Cultura Económica, México, 1982, (versión en castellano de "The Unheard Cry for Meaning"), puede leerse la siguiente dedicatoria:"Para Harry o Marion, que no ha nacido todavía".
4 García Pintos Claudio. Viktor Frankl: La Humanidad Posible, Ediciones Lag, México 2004

1942-1945. El Internamiento

Antes del internamiento
"En medio de la tragedia de aquella situación (invasión alemana de Austria) recurrió a todo con el fin de sabotear las leyes que imponían la eutanasia; se dedicó con tenacidad a todo aquello que podía sostener la moral de sus compatriotas, convirtiéndose incluso en organizador de los momentos de oración.

El apresamiento sobrevino en noviembre de 1942 y, en el momento de separarse de su mujer, Viktor resuelve otro conflicto moral: Tilly era una mujer muy hermosa y quizá la salvación de su vida podría depender de ceder ante las lisonjas de los SS. Según su opinión, se presentaba un dilema entre el mandamiento: “No matarás” y el otro: “No cometerás adulterio”. Si no la desligaba anticipadamente de la fidelidad conyugal, se sentiría corresponsable de su muerte. Por esto le dijo: “Conserva la vida a toda costa. Haz cualquier cosa con tal de poder sobrevivir”. Le pareció que la excepcionalidad de aquella situación exigía tal opción. (Bazzi y Fizzotti, 1989, pg. 22).

Campo de concentración (Frankl, 1988. 9ª ed.)
“Este relato trata de mis experiencias como prisionero común, pues es importante que diga, no sin orgullo, que yo no estuve trabajando en el campo como psiquiatra, ni siquiera como médico, excepto en las últimas semanas... Yo era un prisionero más, el número 119.104, y la mayor parte del tiempo estuve cavando y tendiendo traviesas para el ferrocarril” (pg. 15-16).

Internamiento en el campo
"Unas 1500 personas estuvimos viajando en tren varios días con sus correspondientes noches; en cada vagón éramos unos 80. Todos teníamos que tendernos encima de nuestro equipaje, lo poco que nos quedaba de nuestras pertenencias. Los coches estaban tan abarrotados que sólo quedaba libre la parte superior de las ventanillas por donde pasaba la claridad gris del amanecer". (PG. 19).

"Como el hombre que se ahoga y se agarra a una paja, mi innato optimismo (que tantas veces me había ayudado a controlar mis sentimientos aun en las ocasiones más desesperadas) se aferró a este pensamiento: los prisioneros tienen buen aspecto, parecen estar de buen humor, incluso se ríen, ¿quién sabe?. Tal vez consiga compartir su favorable posición.

Hay en psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la 'ilusión del indulto'..." (PG. 20).

"Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo, absolutamente todo, se lo llevarían. Intenté ganarme la confianza de uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él furtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de mi chaqueta y dije: 'Mira, es el manuscrito de un libro científico. Ya sé lo que vas a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida, que eso es todo cuando puedo esperar del destino. Pero no puedo evitarlo, tengo que conservar este manuscrito a toda costa: contiene la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero decir?'. Si, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fue dibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostró divertido, burlón, insultante, hasta que rugió una palabra en respuesta a mi pregunta, una palabra que siempre estaba presente en el vocabulario de los internados en el campo: '¡Mierda!'. Y en ese momento toda la verdad se hizo patente ante mí e hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fase de mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vida anterior" (PG. 24).

"Mientras esperábamos a ducharnos, nuestra desnudez se nos hizo patente: nada teníamos ya salvo nuestros cuerpos mondos y lirondos (incluso sin pelo); literalmente hablando, lo único que poseíamos era nuestra existencia desnuda. ¿Qué otra cosa nos quedaba que pudiera ser un nexo material con nuestra existencia anterior?. Por lo que a mi se refiere, tenía mis gafas y mi cinturón, que posteriormente hube de cambiar por un pedazo de pan." (PG. 24).

"Las ilusiones que algunos de nosotros conservábamos todavía las fuimos perdiendo una a una; entonces, casi inesperadamente, muchos de nosotros nos sentimos embargados por un humor macabro. Supimos que nada teníamos que perder como no fuera nuestras vidas tan ridículamente desnudas. Cuando las duchas empezaron a correr, hicimos de tripas corazón e intentamos bromear sobre nosotros mismos y entre nosotros. ¡Después de todo sobre nuestras espaldas caía agua de verdad!" (PG.26).

"Lo desesperado de la situación, la amenaza de la muerte que día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto se cernía sobre nosotros, la proximidad de la muerte de otros -la mayoría- hacía que casi todos, aunque fuera por breve tiempo, abrigasen el pensamiento de suicidarse. Fruto de las convicciones personales que más tarde mencionaré, la primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo la promesa de que no 'me lanzaría contra la alambrada'. Esta era la frase que se utilizaba en el campo para describir el método de suicidio más popular..." (PG. 27).

"Pasados los primeros días, incluso las cámaras de gas perdían (...) todo su horror; al fin y al cabo, (...) ahorraban el acto de suicidarse." (PG. 28).

1942-1945. Experimentum crucis

"El prisionero pasaba de la primera a la segunda fase, una fase de apatía relativa en la que llegaba a una especie de muerte emocional." (PG. 31).

"Estuve algún tiempo en un barracón cuidando a los enfermos de tifus; los delirios eran frecuentes, pues casi todos los pacientes estaban agonizando. Apenas acababa de morir uno de ellos y yo contemplaba sin ningún sobresalto emocional la siguiente escena, que se repetía una y otra vez con cada fallecimiento. Uno por uno, los prisioneros se acercaban al cuerpo todavía caliente de su compañero. Uno agarraba los restos de las hediondas patatas de la comida del mediodía, otro decidía que los zapatos de madera del cadáver eran mejores que los suyos y se los cambiaba. Otro hacía lo mismo con el abrigo del muerto y otro se contentaba con agenciarse -¡imagínense qué cosa!- un trozo de cuerda auténtica. Y todo esto yo lo veía impertérrito, sin conmoverme lo más mínimo. Pedía al 'enfermo' que retirara el cadáver. Cuando se decidía a hacerlo, lo cogía por las piernas, (...) y lo arrastraba (...). Acto seguido nos distribuían la ración diaria de sopa. (...). Mientras mis frías manos agarraban la taza de sopa caliente de la que yo sorbía con avidez, miraba por la ventana. El cadáver que acababan de llevarse me estaba mirando con sus ojos vidriosos; sólo dos horas antes había estado hablando con aquel hombre. Yo seguía sorbiendo mi sopa. Si mi falta de emociones no me hubiera sorprendido desde el punto de vista del interés profesional, ahora no recordaría este incidente, tal era el escaso sentimiento que en mí despertaba". (PG. 32-33)

"Por extraño que parezca, un golpe que incluso no acierte a dar, puede, bajo ciertas circunstancias, herirnos más que uno que atine en el blanco. Una vez estaba de pie junto a la vía del ferrocarril bajo una tormenta de nieve. A pesar del temporal nuestra cuadrilla tenía que seguir trabajando. Trabajé con bastante ahínco, repasando la vía con grava, ya que era la única forma de entrar en calor. Durante unos breves instantes hice una pausa para tomar aliento y apoyarme sobre la pala. Por desgracia, el guardia se dio media vuelta y pensó que yo estaba holgazaneando. El dolor que me causó no fue por sus insultos o sus golpes. El guardia decidió que no valía la pena gastar su tiempo en decir ni una palabra, ni lanzar un juramento contra aquel cuerpo andrajoso y demacrado que tenía delante de él y que, probablemente, apenas le recordaba al de una figura humana. En vez de ello, cogió una piedra alegremente y la lanzó contra mí. A mí, aquello me pareció una forma de atraer la atención de una bestia, de inducir a un animal doméstico a que realice su trabajo, una criatura con la que se tiene tan poco en común que ni siquiera hay que molestarse en castigarla. (...)

El aspecto más doloroso de los golpes es el insulto que incluyen. En una ocasión teníamos que arrastrar unas cuantas traviesas largas y pesadas sobre las vías heladas. Si un hombre resbalaba, no sólo corría peligro él, sino todos los que cargaban la misma traviesa. Un antiguo amigo mío tenía una cadera dislocada de nacimiento. Podía estar contento de trabajar a pesar del defecto, ya que los que padecían algún defecto físico era casi seguro que los enviaban a morir en la primera selección. Mi amigo se bamboleaba sobre el raíl con aquella traviesa especialmente pesada y estaba a punto de caerse y arrastrar a los demás con él. En aquel momento yo no arrastraba ninguna traviesa, así que salté a ayudarle sin pararme a pensar. Inmediatamente sentí un golpe en la espalda, un duro castigo, y me ordenaron regresar a mi puesto. Unos pocos minutos antes el guardia que me golpeó nos había dicho despectivamente que los 'cerdos' como nosotros no teníamos espíritu de compañerismo." (PG. 34-35).

"... cuando en el curso de nuestra diaria búsqueda de piojos, veíamos nuestros propios cuerpos desnudos, llegada la noche, pensábamos algo así: este cuerpo, mi cuerpo, es ya un cadáver, ¿qué ha sido de mí?. No soy más que una pequeña parte de una gran masa de carne humana... de una masa encerrada tras la alambrada de espinas, agolpada en unos cuantos barracones de tierra. Una masa de la cual día tras día va descomponiéndose un porcentaje porque ya no tiene vida." (PG. 40).

"Una mañana vi a un prisionero, al que tenía por valiente y digno, llorar como un crío porque tenía que ir por los caminos nevados con los pies desnudos, al haberse encogido sus zapatos demasiado como para poderlos llevar. En aquellos fatales minutos yo gozaba de un mínimo alivio; me sacaba del bolsillo un trozo de pan que había guardado la noche anterior y lo masticaba absorto en un puro deleite." (PG. 41).

"Cuando los prisioneros sentían inquietudes religiosas, éstas eran las más sinceras que cabe imaginar y, muy a menudo, el recién llegado quedaba sorprendido y admirado por la profundidad y la fuerza de las creencias religiosas. A este respecto lo más impresionante eran las oraciones o los servicios religiosos improvisados en el rincón de un barracón o en la oscuridad del camión de ganado en que nos llevaban de vuelta al campo desde el lejano lugar de trabajo, cansados, hambrientos y helados bajo nuestras ropas harapientas. (...)

A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una profunda vida espiritual. No cabe duda que las personas sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual. Sólo de esta forma puede uno explicarse la paradoja aparente de que algunos prisioneros, a menudo los menos fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que los de naturaleza más robusta." (PG. 43-44).

"Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad -aunque sea sólo momentáneamente- si contempla al ser querido. Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente -con dignidad- ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido. Por primera vez en mi vida podía comprender el significado de las palabras: 'Los ángeles se pierden en la contemplación perpetua de la gloria infinita'. (...)

No sabía si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo (durante todo el tiempo de reclusión no hubo contacto postal alguno con el exterior), pero para entonces ya había dejado de importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada. Si entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que hubiera seguido entregándome -insensible a tal hecho- a la contemplación de su imagen y que mi conversación mental con ella hubiera sido igualmente real y gratificante: 'Ponme como sello sobre tu corazón... pues fuerte es el amor como la muerte' (Cantar de los Cantares, 8,6.). (...)

A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más intensa, sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a olvidarnos de nuestras terribles circunstancias. Si alguien hubiera visto nuestros rostros cuando, en el viaje de Auschwitz a un campo de Baviera, contemplamos las montañas de Salzburgo con sus cimas refulgentes al atardecer, asomados por las ventanitas enrejadas del vagón celular, nunca hubiera creído que se trataba de los rostros de hombres sin esperanza de vivir ni de ser libres. A pesar de este hecho -o tal vez en razón del mismo- nos sentíamos transportados por la belleza de la naturaleza, de la que durante tanto tiempo nos habíamos visto privados. (...)

Mientras trabajaba, hablaba quedamente a mi esposa o, quizás, estuviera debatiéndome por encontrar la razón de mis sufrimientos, de mi lenta agonía. En una última y violenta protesta contra lo inexorable de mi muerte inminente, sentí como si mi espíritu traspasara la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender aquel mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte escuché un victorioso 'sí' como contestación a mi pregunta sobre la existencia de una intencionalidad última. En aquel momento y en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó allí fija en el horizonte como si alguien la hubiera pintado, en medio del gris miserable de aquel amanecer en Baviera." (PG. 45-48).

"Mi suerte se vio incrementada (...). Al cuarto día de mi estancia en la enfermería y a punto de ser asignado al turno de noche -lo que habría supuesto mi muerte segura-, el médico jefe entró apresuradamente en el barracón y me sugirió que me ofreciese voluntario para desempeñar tareas sanitarias en un campo destinado a enfermos de tifus. En contra de los consejos de mis amigos (y a pesar de que casi ninguno de mis colegas se ofrecía), decidí ir como voluntario. Sabía que en un grupo de trabajo moriría en poco tiempo y si tenía que morir, siquiera podía darle algún sentido a mi muerte. Pensé que tenía más sentido intentar ayudar a mis camaradas como médico que vegetar o perder la vida trabajando de forma improductiva como hacía entonces. Para mí era una cuestión de matemáticas sencillas y no de sacrificio." (PG. 55-56).

"Pasé una última visita rápida a todos mis pacientes (...). Me acerqué a un paisano mío (...). Con la voz cascada me preguntó: '¿Te vas tú también?'. Yo lo negué, pero me resultaba muy difícil evitar su triste mirada. Tras mi ronda volví a verlo. Y otra vez sentí su mirada desesperada y sentí como una especie de acusación. Y se agudizó en mí la desagradable sensación que me oprimía desde el mismo momento en que le dije a mi amigo que me escaparía con él. De pronto decidí, por una vez, mandar en mi destino. Salí corriendo del barracón y le dije a mi amigo que no podía irme con él. Tan pronto como le dije que había tomado la resolución de quedarme con mis pacientes, aquel sentimiento de desdicha me abandonó. No sabía lo que me traerían los días sucesivos, pero yo había ganado una paz interior como nunca antes había experimentado. Volví al barracón, me senté en los tablones a los pies de mi paisano y traté de consolarlo; después charlé con los demás intentando calmarlos en su delirio." (PG. 63).

"Por segunda vez, mi amigo y yo decidimos escapar. Nos dieron la orden de enterrar a tres hombres al otro lado de la alambrada. (...). Hicimos nuestros planes (...). Después de tres años de reclusión, me imaginaba con gozo cómo sería la libertad, pensaba en lo maravilloso que sería correr en dirección al frente. Más tarde supe lo peligroso que hubiera sido semejante acción. Pero no llegamos tan lejos. (...) venía un delegado de la Cruz Roja de Ginebra y el campo y los últimos internados quedaron bajo su protección. (...). Ya no teníamos necesidad de salir corriendo ni de arriesgarnos hasta llegar al frente de batalla. (...)

El guardia que nos acompañaba (...) se volvió de pronto extremadamente amable. Vio que podían volverse las tornas y trato de ganarse nuestro favor: se unió a las breves oraciones que ofrecimos a los muertos antes de echar tierra sobre ellos. Tras la tensión y la excitación de los días y horas pasados, las palabras de nuestras oraciones rogando por la paz fueron tan fervientes como las más ardorosas que voz humana haya musitado nunca." (PG. 64-65).

"Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino" (PG. 69).

"Fundamentalmente, pues, cualquier hombre podía, incluso bajo tales circunstancias, decidir lo que sería de él -mental y espiritualmente-, pues aún en un campo de concentración puede conservar su dignidad humana. Dostoyevski dijo en una ocasión: 'Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos' y estas palabras retornaban una y otra vez a mi mente cuando conocí a aquellos mártires cuya conducta en el campo, cuyo sufrimiento y muerte, testimoniaban el hecho de que la libertad íntima nunca se pierde. Puede decirse que fueron dignos de sus sufrimientos y la forma en que los soportaron fue un logro interior genuino. Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito." (PG. 69-70).

"El hombre tiene la peculiaridad de que no puede vivir si no mira al futuro: sub specie aeternitatis. Y esto constituye su salvación en los momentos más difíciles de su existencia, aun cuando a veces tenga que aplicarse a la tarea con sus cinco sentidos. Por lo que a mí respecta, lo sé por experiencia propia. Al borde del llanto a causa del tremendo dolor (tenía llagas terribles en los pies debido a mis zapatos gastados) recorrí con la larga columna de hombres los kilómetros que separaban el campo del lugar de trabajo. El viento gélido nos abatía. Yo iba pensando en los pequeños problemas sin solución de nuestra miserable existencia. ¿Qué cenaríamos aquella noche?. ¿Si como extra nos dieran un trozo de salchicha, convendría cambiarla por un pedazo de pan?. (...). ¿Qué podía hacer para estar en buenas relaciones con un 'capo' determinado que podría ayudarme a conseguir trabajo en el campo en vez de tener que emprender a diario aquella dolorosa caminata?

Estaba disgustado con la marcha de los asuntos que continuamente me obligaban a ocuparme sólo de aquellas cosas tan triviales. Me obligué a pensar en otras cosas. De pronto me vi de pie en la plataforma de un salón de conferencias bien iluminado, agradable y caliente. Frente a mí tenía un auditorio atento, sentado en cómodas butacas tapizadas. ¡Yo daba una conferencia sobre la psicología de un campo de concentración!. Visto y descrito desde la mira distante de la ciencia, todo lo que me oprimía hasta ese momento se objetivaba. Mediante este método, logré cierto éxito, conseguí distanciarme de la situación, pasar por encima de los sufrimientos del momento y observarlos como si ya hubieran transcurrido y tanto yo mismo como mis dificultades se convirtieron en el objeto de un estudio psicocientífico muy interesante que yo mismo he realizado." (PG. 75-76).

"Había sido un día muy malo. (...). Hacía unos días que un prisionero al borde de la inanición había entrado en el almacén de víveres y había robado algunos kilos de patatas. (...). Cuando las autoridades del campo tuvieron noticia de lo sucedido, ordenaron que les entregáramos al culpable; si no, todo el campo ayunaría un día. Claro está que los 2500 hombres prefirieron callar. (...) Los estados de ánimo llegaron a su punto más bajo. Pero el jefe de nuestro barracón era un hombre sabio e improvisó una pequeña charla sobre todo lo que bullía en nuestra mente en aquellos momentos. Se refirió a los muchos compañeros que habían muerto en los últimos días por enfermedad o por suicidio, pero también indicó cuál había sido la verdadera razón de esas muertes: la pérdida de la esperanza. Aseguraba que tenía que haber algún medio de prevenir que futuras víctimas llegaran a estados tan extremos. Y al decir esto me señalaba a mí para que les aconsejara.

Dios sabe que no estaba en mi talante dar explicaciones psicológicas o predicar sermones a fin de ofrecer a mis camaradas algún tipo de cuidado médico de sus almas. Tenía frío y sueño, me sentía irritable y cansado, pero hube de sobreponerme a mí mismo y aprovechar la oportunidad. En aquel momento era más necesario que nunca infundirles ánimos. (...)

Seguidamente hablé del futuro inmediato. Y dije que, para el que quisiera ser imparcial, éste se presentaba bastante negro y concordé con que cada uno de nosotros podía adivinar que sus posibilidades de supervivencia eran mínimas (...). Pero también les dije que, a pesar de ello, no tenía intención de perder la esperanza y tirarlo todo por la borda, pues nadie sabía lo que el futuro podía depararle y todavía menos la hora siguiente. (...) Por ejemplo, cabía la posibilidad de que, inesperadamente, uno fuera destinado a un grupo especial que gozara de condiciones laborales particularmente favorables, ya que este tipo de cosas constituían la 'suerte' del prisionero.

Pero no sólo hablé del futuro y del velo que lo cubría. También les hablé del pasado: de todas sus alegrías y de la luz que irradiaba, brillante aun en la presente oscuridad. Para evitar que mis palabras sonaran como las de un predicador, cité de nuevo al poeta que había escrito: '(...), ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que has vivido'. No ya sólo nuestras experiencias, sino cualquier cosa que hubiéramos hecho, cualesquiera pensamientos que hubiéramos tenido, así como todo lo que habíamos sufrido, nada de ello se había perdido, aun cuando hubiera pasado; lo habíamos hecho ser, y haber sido es también un forma de ser y quizá la más segura.

Seguidamente me referí a las muchas oportunidades existentes para darle un sentido a la vida. Hablé a mis camaradas (que yacían inmóviles, si bien de vez en cuando se oía algún suspiro) de que la vida humana no cesa nunca, bajo ninguna circunstancia, y de que este infinito significado de la vida comprende también el sufrimiento y la agonía, las privaciones y la muerte. Pedía a aquellas pobres criaturas que me escuchaban atentamente en la oscuridad del barracón que hicieran cara a lo serio de nuestra situación. No tenían que perder las esperanzas, antes bien debían conservar el valor en la certeza de que nuestra lucha desesperada no perdería su dignidad ni su sentido. Les aseguré que en las horas difíciles siempre había alguien que nos observaba -un amigo, una esposa, alguien que estuviera vivo o muerto, o un Dios- y que sin duda no querría que le decepcionáramos, antes bien, esperaba que sufriéramos con orgullo -y no miserablemente- y que supiéramos morir. (...). Mis palabras tenían como objetivo dotar a nuestra vida de un significado, allí y entonces, precisamente en aquel barracón y aquella situación, prácticamente desesperada. Pude comprobar que había logrado mi propósito, pues cuando se encendieron de nuevo las luces, las miserables figuras de mis camaradas se acercaron renqueantes hacia mí para darme las gracias, con lágrimas en los ojos. Sin embargo, es preciso que confiese aquí que sólo muy raras veces hallé en mi interior fuerzas para establecer este tipo de contacto con mis compañeros de sufrimientos y que, seguramente, perdí muchas oportunidades de hacerlo." (PG. 82-84).

1945-1947. Una nueva vida para reconvertirse en hombre

Después de la liberación
"No podíamos creer que fuera verdad. ¡Cuántas veces, en los pasados años, nos habían engañado los sueños! Habíamos soñado con que llegaba el día de la liberación (...). Y entonces un silbato traspasaba nuestros oídos -la señal de levantarnos- y todos nuestros sueños se venían abajo. Y ahora el sueño se había hecho realidad. ¿Pero podíamos creer de verdad en él?” (PG. 90).

"Un día, poco después de nuestra liberación, yo paseaba por la campiña florida, camino del pueblo más próximo. Las alondras se elevaban hasta el cielo y yo podía oír sus gozosos cantos; no había nada más que la tierra y el cielo y el júbilo de las alondras, y la libertad del espacio. Me detuve, miré en derredor, después al cielo, y finalmente caí de rodillas. En aquel momento yo sabia muy poco de mí o del mundo, sólo tenía en la cabeza una frase, siempre la misma: 'Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y él me contestó desde el espacio en libertad'.

No recuerdo cuanto tiempo permanecí allí, de rodillas, repitiendo una y otra vez mi jaculatoria. Pero yo sé que aquel día, en aquel momento, mi vida empezó otra vez. Fui avanzando, paso a paso, hasta volverme de nuevo un ser humano." (PG. 91). ( M.A. Noblejas. 1994 ".Tesis Doctoral. Educación. Univ. Complutense de Madrid.)

La madre de Víktor murió en la cámara de gas de Auschwitz, el hermano en una mina de carbón del mismo campo, mientras que el padre había muerto tiempo atrás en el campo de Therezin. Su esposa embarazada, es enviada a abortar por los nazis que no permitían en el campo, mujeres embarazadas.

Frankl asegura que para vivir, el hombre necesita algo que merezca la pena ser vivido, y ese significado tiene el valor de la supervivencia en el mundo; como sobreviviente de cuatro campos de concentración en donde perdió a su familia, padres, esposa e hijo no nacido, nos da su testimonio: “Dios sabe que no me encontraba en el mejor estado de ánimo para dar explicaciones psicológicas ni para tener una sesión psicoterapéutica, ni tampoco para cura médica espiritual. Tenía frío y hambre, me sentía débil y nervioso, pero debía esforzarme y aprovechar aquella excepcional oportunidad.... Hablé del pasado, de las alegrías y de las luces que aún emanaban de él y la oscuridad de nuestros días. Cité al poeta que dice que lo que has vivido ningún poder del mundo puede quitártelo. Lo que hayamos realizado en la plenitud de nuestra vida pasada, con toda la riqueza de la experiencia, nadie puede quitártelo. Pero, no sólo lo que hayamos vivido sino también lo que hayamos hecho, pasado y sufrido.... Todo lo hemos salvado haciéndolo real de una vez y para siempre. Y precisamente por ser pasado, se encuentra a salvo para la eternidad. Porque ser pasado es una manera de ser, quizás la más segura. Les dije que hay muchas posibilidades de dar significado a la vida; en el trabajo, en el amor, en el dolor. Hasta en el sacrificio la vida adquiere un significado y valor incalculables... Con gran esfuerzo traté de infundir en mis compañeros un hilo de esperanza y fe en una vida significativa. Pronto supe que mi esfuerzo había logrado el fin deseado: casi al mismo tiempo se encendió la luz y vi las míseras figuras de mis compañeros que se me acercaban tropezando con los ojos llenos de lágrimas, para darme las gracias...”

Se prometió a sí mismo que no se quitaría la vida como muchos de sus compañeros.

Se propuso aprender algo de aquél terrible lugar para después ponerlo al servicio de la humanidad.

Una nueva vida para reconvertirse en hombre6
Los últimos meses de permanencia en el Lager, le ofrecieron a Frankl la posibilidad de ejercer con medios rudimentarios e improvisados la actividad de médico. Y fue precisamente en calidad de médico que fue testigo de uno de los episodios finales de la guerra. En el campo de Türkeim ya había llegado la delegación de la Cruz Roja Internacional que tomó bajo su protección a los prisioneros. Pero, durante la noche, llegaron camiones de la SS que ordenaron el desalojo inmediato del campo. Los médicos cargaron sobre los camiones a los prisioneros que debían ser llevados a Suiza y liberados a cambio de prisioneros de guerra. Entonces, ¡había llegado verdaderamente el día de la libertad! No tenía caso ya pensar en la fuga como durante los últimos días había planeado con un colega. "Buscamos con mucho empeño acomodar en los carros a los enfermos más graves y a los más débiles. Mi colega y yo estamos listos, ya ni siquiera nos preocupa esconder nuestros sacos. En el penúltimo camión hay lugar para 13 pasajeros. El médico en jefe debe repartirlos, somos 15, y él con toda tranquilidad nos ignora a los dos. Los 13 son acompañados al auto, nosotros nos quedamos azorados, desilusionados, inmóviles, y mientras el último camión se va, le reclamamos al médico en jefe. [...] Tan solo unas semanas después, nos damos cuenta de que hasta en esas últimas horas el "destino" había una vez más jugado con nosotros. . [...] Mis pacientes fueron encerrados en unas barracas a las que los SS prendieron fuego". 7

¡27 de Abril de 1945! Encontrarse libre fue una sensación extraña. "Las alondras se elevaban hasta el cielo y lanzaban al aire sus alegres cantos; no había nada más que el cielo y la tierra, y el júbilo de las alondras, y la libertad del espacio. Me detuve, miré a mi alrededor, después fijé la mirada en el cielo, y finalmente caí de rodillas. Casi sin percibir la consciencia de mí mismo y del mundo, una frase, una única frase, retumbaba en mi cabeza: 'Llamé al Señor desde mi estrecha prisión y Él me contestó desde el espacio en libertad' (Ps 118, 5).

No recuerdo cuánto tiempo permanecí allí, así, de rodillas repitiendo una y otra vez mi jaculatoria. Pero estoy seguro de que aquel día, en aquel instante, mi vida comenzó de nuevo. Fui avanzando paso a paso, hasta convertirme otra vez en un ser humano".8

A su regreso a Viena, Frankl retomó la actividad médica, asumiendo el cargo de Jefe del departamento de neurología del Policlínico. Elaborando los apuntes taquigráficos de la barraca del Lager, entregó a la imprenta su primer libro: Ärztliche Seelsorge. El éxito fue enorme. En tres días se agotó la primera edición, y en el lapso de tres meses también la segunda. El mensaje de buena voluntad, de esperanza en el ser humano y de confianza en lo trascendente estaba unido a un tono de sencillez y de cálida humanidad que no disminuía en nada la seriedad del tratamiento del tema y por lo tanto contribuyó a la rápida difusión de la obra.

Pocos meses después apareció el libro: ... Trotzdem Ja zum Leben Sagen, fruto de algunas conferencias dictadas en marzo y abril de 1946 en la escuela superior de Wien-Ottakring. Inmediatamente después fue publicada la joya de la producción frankliana: Ein Psycholog erlebt das Konzentrationslager, en el que describió con fina sensibilidad las impresiones y las experiencias de los tres años pasados en los campos. Lo que lo decidió a escribir esas páginas fue la noticia de la muerte del padre, del hermano y de la esposa. Sin embargo lo que lo golpeó más profundamente fue la muerte de la última. No había podido gozar la presencia de Tilly por mucho tiempo. La ferocidad humana había destruido su vida en común desde el inicio. Y fue así que, en diciembre de 1945, dictando entre sollozos las páginas más bellas y penetrantes de su vida literaria, transcurrió nueve largos días: nueve días de lágrimas, de dolor, de continuo trabajo interior, pero también de purificación, de ascensión del terreno contingente a la esfera espiritual.

En estas páginas, unas de las más significativas de la literatura psicológica de todos los tiempos, se refleja todo Frankl. "Se le ve crecer, madurar, engrandecerse, entre anotaciones de enojo e irónicas, entre elevaciones líricas conmovedoras y observaciones clínicas objetivas, entre acciones burlescas y desplantes generosos de una generosidad sin oropel" . Es el hombre que revela su verdadera personalidad, capaz de superar las condiciones precarias de la cotidianidad para alzarse a la consideración de lo bello, de lo bueno, de lo humano.

En 1947 dio a la imprenta Die Psychotherapie in der Praxis, introducción a la psicoterapia para médicos, basada en abundante casuística; después Zeit und Verantwortung, conferencia llevada a cabo en Innsbruck el 19 de Febrero de 1947, y Die Existenzanalyse und die Probleme der Zeit, conferencia dada el 28 de diciembre de 1946 en la escuela franco-austriaca de St. Christoph am Arlberg.

6Fizzotti E.. DE FREUD A FRANKL: El nacimiento de la logoterapia Ediciones Lag, México 2005
7 Ibidem
8 Ibidem,
9 G. TORELLÒ, L'uomo Viktor Frankl, in: V.E. FRANKL, Uno psicologo nei lager, p. 18.

1947-1997. El Hombre en busca del Sentido

Es en 1945 cuando lo nombran Jefe del Departamento de Neuropsiquiatría de la Policlínica de Viena. Más tarde, reconstruye el manuscrito perdido en Auschwitz y conservado después en dos docenas de pedacitos de papel con notas taquigráficas. Aerztliche Seelsorge (Psicoanálisis y Existencialismo). Es el primer libro que se publica en Austria después de la guerra. Su primera edición (a inicios de 1946) se agota en 3 días y su segunda edición en dos meses. Navidad: Contrata a tres secretarias y dicta entre lágrimas, durante nueve días el libro que intenta inicialmente editar como autor anónimo: Un psicólogo en el campo de concentración. Ahora se publica como: El Hombre en busca de sentido. Frankl nunca imaginó que el nombre de este libro estaría inscrito alguna vez en la biblioteca del Congreso en Washington D.C. ¡en la lista de los 10 libros que han cambiado el curso de la humanidad!

En 1946 las fuerzas aliadas de ocupación le conceden el primer permiso que se otorga a un científico para salir de Austria. Viaja a Zurich a dar conferencias. Sigue dando otras por distintas ciudades europeas. Durante este año, son publicados cinco libros de Frankl. Escribe su única obra de teatro: "Sincronización En Birkenwald".

"Fue como si algo profundo dentro mío me dictara la obra. Me resultaba difícil poder escribir tan rápido aún cuando usaba taquigrafía. La obra fue escrita en unas pocas horas". Conoce a Eleonor Schwindt (Elly), enfermera del servicio de odontología de la Policlínica de Viena.

1947. Matrimonio Elly
El 18 de Julio de 1947 se casó con ella, de quien se ha dicho que es el calor que acompañó a Frankl hasta su último momento con enorme dedicación y con quien integró lo que él mismo llamó "un feliz matrimonio ecuménico" de 52 años de vida juntos.

1947. Gabrielle
En diciembre de aquel año nació Gabrielle su única hija.

Es nombrado Profesor Asociado de Neurología y Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena.

1948. Dr. en Filosofía
En 1948 se gradúa como Doctor en Filosofía (su segundo doctorado). Presentación de su tesis "La presencia ignorada de Dios".

Radio Austria contrata a Frankl por dos años en 1952 para hablar sobre psicoterapia de manera comprensible para el público en general.

1955. "El Hombre en busca del Sentido"
Viktor Frankl cuenta en su libro: "Un Psicólogo en el Campo de Concentración", y después es editado en español como "El Hombre en busca de Sentido" (1955-FCE) […] ‘nosotros los que vivíamos en los campos de concentración podemos recordar a los hombres que recorrían barracas reconfortando a los demás regalando sus últimos pedazos de pan. Pueden haber sido pocos en número... pero son suficiente prueba de que se le puede sacar todo a un hombre excepto una cosa: la ultima de sus libertades, elegir su actitud en cualquier conjunto de circunstancias dadas, elegir su propio camino.’ el pan no sólo había traído la supervivencia sino también la esperanza y la libertad interior.

El aburrimiento, dice Frankl, es "lo que da más miedo en el mundo... Muchos prefieren morir antes que aburrirse". El hombre aburrido -desesperanzado, desmotivado, apático- no encuentra sentido a su vida y con frecuencia se suicida.

Es difícil imaginar peores circunstancias que las del prisionero de los campos de concentración: privado de su libertad, sujeto a las mayores humillaciones como ser humano, frente a la amenaza constante de perder la vida... el sufrimiento es la constante de una existencia como la de él.

En esas condiciones adversas extremas le da forma a su teoría de la Logoterapia, la terapia de la búsqueda del sentido.

1957. Viaje a EUA
En 1957 Frankl viaja a EE.UU. por primera vez durante tres semanas, de una costa a otra, siendo relator en 19 universidades americanas y 75 asociaciones científicas.

Martín Heidegger lo conoce en 1959 comparten ideas y trabajan juntos en ellas.

1961. Universidad de Harvard
En 1961 conoce a Gordon Allport, quien lo recomienda y es nombrado profesor de la Universidad de Harvard.

1965. Universidad Viena
En 1965 en invitado como conferenciante para un acto conmemorativo por cumplirse los 600 Años de la Universidad de Viena.

En 1975 estuvo en la Universidad Iberoamericana e impartió una conferencia.

Una frase esencial del pensamiento de Frankl es que la vida tiene sentido aún en las peores circunstancias.

1978. Conferencias
Fue invitado a impartir diferentes cátedras en las Universidades de Harvard, Stanford, Pittsburg y Dallas. En más de 175 Universidades Frankl impartió conferencias, una de ellas fue la Universidad Iberoamericana en México en 1978; el título de la conferencia fue “La voz que clama en demanda de sentido”.

1988. Última visita a México
La última fecha que estuvo en México fue en 1988 en la ciudad de Guadalajara invitado por Gente Nueva, allí impartió una conferencia a los jóvenes.

Recibió 27 Títulos Honoris Causa. Publicó más de 28 obras. Sus libros han sido traducidos a más de 18 idiomas incluyendo el castellano. Escribió un tango y su letra, debido al amor que siempre tuvo a Argentina. Gustaba de hacer caricaturas.

Familia
Tuvo dos nietos; Alexander y Katya. Una bisnieta llamada Ana.

Haddon Klimberg Jr., periodista americano que le hace entrevistas en sus últimos dos años de vida publica en 2002 el libro que lleva por titulo: La llamada de la vida.

En este texto ofrece un reportaje de la vida personal de Frankl y de su relación con Elli su amada esposa con la que convivió más de 52 años.

1997. Fallecimiento
Murió en Viena de fallo cardiaco el 2 de Septiembre de 1997. Vivió 92 años muy activos y llenos de sentido, dejándonos un legado de amor a la vida y esperanza hacia el ser humano. Fue enterrado en el Cementerio Central público de Viena en el sector judío donde reposan sus abuelos. Fue su voluntad que no pusieran títulos especiales en su tumba: “Nací siendo Viktor Emil Frankl y moriré siendo Viktor Emil Frankl”, dijo.

M.A. Noblejas. 1994. Logoterapia. Fundamentos, principios y aplicación. Una experiencia de evaluación del "logro interior de sentido". Tesis Doctoral. Fac. CC. Educación. Univ. Complutense de Madrid.